martes, 31 de marzo de 2015

Universalmente hablando

La lengua que hablamos todos, la lengua universal, es el silencio. Esa armonía que no se rompe. Ese sabor a despertar cada mañana. Ese café del almuerzo de cada día, en el que constantemente miras en el interior para intentar desencriptar un mensaje oculto, aunque sabes que no lo vas a descubrir porque no lo hay, es inexistente, producto de la imaginación matutina distorsionada por la falta de sueño. Ese irse a dormir cada noche, tumbarte en la cama y observar cada día el mismo rinconcito de pared, aunque ya sepas todas las imperfecciones y fallos que tiene esperando que el sueño te coja por sorpresa en un intento desenfrenado por mantenerte en pie a pesar de saber que ese momento va a llegar y la paz en ti será absoluta. El silencio en realidad son las palabras nunca pronunciadas o que no quieren serlo, es ese reflexionar sobre las mismas palabras dichas al azar, la mayoría de veces, que se internan en ti y no te dejan vivir. El silencio es aquella armonía que no se rompe, pero que alguien la destroza usando su voz, ese timbre característico que odias en momentos como en el que la concordia creada se desvanece.




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