Después de años luchando para que se aboliera el estrato social del esclavo, se consigue y llegamos al siglo XXI. El siglo de la tecnología, la nueva era, el próspero, el resurgir de las cenizas causadas por las guerras.
El ave fénix de este siglo ha sido el esclavo. Este no es el esclavo que conocíamos, no es una persona comprada por otra a la que tenía que servir en todo el resto de su vida.
El nuevo esclavo es el que se encadena a cosas que no necesita, que compra con dinero que desea para que le queme en las manos, porque no le dura ni la mitad del tiempo que le cuesta conseguirlo.
El nuevo esclavo es el que quiere tanta protección que se encarcela, que se vuelve tan sobre-protector de lo que es suyo que no se da la opción de ser libre para elegir en que quiere trabajar, que quiere estudiar, donde quiere viajar o que quiere hacer una tarde de verano.
El ser humano se ha vuelto esclavo de sus propias palabras. Ha decidido juzgar a alguien en base a su pensamiento, a sus sentimientos, a su físico y a sus costumbres. Y así siendo esclavo de las letras que un día fueron pronunciadas sin temor, ha etiquetado a todo el mundo con tonos despectivos, siempre despectivos. Porque siempre van a ser despectivos para alguien.
Lo que para mí es el paraje más maravilloso del mundo para ti puede ser similar al infierno.
Somos ricos, pobres, listos, tontos, homosexuales, heterosexuales, blancos, negros o lilas, somos machistas, optimistas, pesimistas, somos altos, bajos, buenos o malos.
Somos esclavos de nuestros miedos. Y de ellos nacen nuestros complejos, a los que también nos esclavizamos. Dejamos que tomen el control de nuestras vidas, de nuestra mente, de nuestro cuerpo.
Y para liberarnos necesitamos otras formas de esclavizarnos. Unos deciden atarse a las notas saliendo de un altavoz, otros a las palabras que desprenden las hojas viejas de los libros polvorientos de las estanterías perdidas, unos cuantos más arriesgados se unen a los botellines que encuentran en bares de tercera en los que no entrarías ni loco, hay quienes lo hacen a las caderas de alguien o a un trozo de papel con alquitrán.
Yo, por mi parte, he decidido esclavizarme a la tinta que desprende el bolígrafo al rozar el papel, a la sensación de vaciar los pulmones mientras el corazón late en cada palabra que mi cabeza suspira. He decidido ser esclavo de las ruinas de una ciudad reconstruida. De una sonrisa forjada después de varias lágrimas. He decidido ser esclavo de mi mismo.
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