jueves, 9 de abril de 2015

Mil kilómetros atrás

Cien pasos más, ocho mil setecientos atrás, un millón por dar. 
Solo era ella, la mochila en su espalda, esas bambas viejas calzadas y la carretera que tenía por delante. No había nada que la pudiera parar. Necesitaba escapar, al menos durante un tiempo, irse lejos y abandonar los problemas. No era consciente de que su mayor problema era que no podía huir de si misma, que cada día tendría que pelear con su mayor enemigo, la persona que se veía reflejada en los espejos que miraba.
Tomó distancia de todo cuanto conocía, convencida de que explorar el mundo la ayudaría a conocerse a fondo.
Visito los rincones perdidos de cada lugar al que iba, conoció todos y cada uno de los pueblos llenos de almas vagantes, se cruzó con esqueletos que no eran más que piel y con sombras suspiradas por miles de sentimientos. Se sintió sola en ciudades capital y llena en puebluchos vacíos. Disfrutó de montañas y valles, de playas y bosques, de urbanismos y fábricas. Disfrutó de cada paso que daba.
No se dio cuenta que mientras cerraba la puerta de casa se estaba perdonando por todos los errores cometidos y aceptó las derrotas futuras.
Cruzó fronteras, físicas y mentales. Entendió que no le hacía falta complacer a todo el mundo si eso implicaba perder el brillo de su sonrisa. Aceptó que hay amores que, por mucho que se deseen, son imposibles y citando al gran Neruda comprendió ese verso que se le escapaba a su razón en el que el maestro nos enseñaba que "Para que nada nos separe, que no nos una nada". No es necesario estar con una persona toda la vida, para quererla siempre; el amor, de lejos, es más bonito, porque los recuerdos que perduran son los buenos. Tendemos a olvidar los que nos hacen daño. Y si todo es de colores pastel es más fácil amar.
Su mochila se fue vaciando a medida que avanzaba en su viaje a ninguna parte. Fue descargando su espalda de las piedras que llevaba años guardando, piedras que llegaron a pesar toneladas, piedras que hicieron descender gotitas de agua por sus mejillas encendidas, una y otra vez. 
No veía el momento de llegar a la meta porque el mundo que se abría ante sus ojos era tan bonito y devastador, a la vez, que las ganas de seguir jugando a los exploradores aumentaba con cada paso, con cada latir de su corazón. Quería conocer más, ser más consciente de lo que la rodeaba.
Su trayecto fue enrevesado, sin mapa ni brújula. En el viaje no conoció a nadie y conoció a todo el mundo, a sí misma, al amor de su vida, a su mejor amigo, a cien personas con intención de cambiar el mundo, a cuatrocientos niños hambrientos de una infancia digna, a sus verdaderos hermanos y a cientos personas tan feas que su única belleza era la física. 
Al volver a casa había visto tanto que todo le parecía diferente. En realidad, todo estaba igual. Era ella la que había cambiado, se enamoró de su vida, se hizo amiga de los kilómetros, decidió que para que las cosas cambiarán ella debía cambiar su forma de hacer las cosas, invirtió más tiempo en la lectura y dejó atrás parte de la tecnología, la parte innecesaria, se hermandó al mundo entero y empezó a aceptarse ante el espejo.
Nadie la reconocía, pero se tenía a ella y, eso, la hacía feliz.

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