Hay manos que fueron creadas para encajar los
dedos con otras y que se cree una armonía que se podría palpar en el aire. Hay
estaturas definidas para dar el abrazo perfecto, para que la cabeza de uno
quede justamente en el pecho, al lado del corazón y la del otro pueda dar un
beso lento e inocente en la cabeza. Hay bocas que están hechas para estar entre
otras que las completan, las hacen sentir vivas.
Hay fechas que quedan marcadas en el corazón
y días que se graban con la más cara de las cámaras, la memoria.
La nuestra no es tal vez una historia tan
bonita como la de los demás, tal vez no es tan dulce como cabría esperar. Nuestra
historia no ha sido fácil. Hemos visto baches, subidas y precipicios.
Quizá no fue un acierto seguirme hasta el fin
de mis días, quizá no deberías haber esperado a verme renacer para irte, quizá
el invierno tendría que haber llegado antes a nuestras vidas.
Éramos más inocentes que nadie pero nuestro
amor, nuestro amor era puro fuego, era pasión entre manos, eran un arrebato de
besos en una esquina cualquiera, porque sí, porque me apetece y no hay más. Éramos
el delirio de nuestras miradas compenetradas. Éramos el frenesí de las primeras
caricias. Lo éramos todo, no éramos nada.
Aunque todo parezca un horror visto así,
fuimos los más felices aquel día en que nos perdimos, en que dejamos atrás
norte o sur y dejamos que nuestras pieles se rozaran, que sintieran el abrazo
de la otra. Nos dimos la oportunidad de ser uno acunados por la luna. Creamos
un millón de recuerdos que aún están por cumplir, nos imaginamos más allá de
nuestros límites, lejos de todo lo que nos rodeaba, lejos de toda realidad
existente.
Y hoy soy yo la que quiere irse lejos, huir
de todo lo que le rodea y darse una nueva oportunidad, volver a nacer, pero
esta vez sola. Sin tu compañía, porque estoy, desde que te fuiste ya no soy. Y
quiero cerrar los ojos y ver mi sonrisa sin depender de la tuya. Porque cada
vez que te vas ya no se dibuja, solo se siente con ganas de borrarse.
Tal vez nos consumimos, como una vela, fuimos
agotando al otro tras cada grito, tras cada decepción, tras cada te quiero
cordial, no por sentimiento. Nos apagamos lentamente mientras la llama de
nuestro amor intentaba mantenerse encendida pero no saben los cubos de agua que
le tirábamos a esos últimos resquicios de lo que un día fuimos.
Quizá fuiste el amor de mi vida, quizá eras
el indicado, en el momento equivocado. Pero tal vez ha sido mejor así, quizá si
te hubiera conocido en otro instante no te habría querido como lo he hecho, tal
vez tú no te hubieras parado a hablar conmigo aquel día si no te hubieras
fijado en que mis ojos no sonreían tanto como mi boca.
Y soy yo la que hoy mira las fotos viejas y
te odia mientras piensa que cómo va a odiar a alguien que le ha hecho aprender
tanto, cómo va odiar lo que una vez fue lo mejor de sus días. ¿Cómo te voy a
odiar a ti? Tú, que venías con esa media sonrisa torcida y me derretías con tu
seguridad. Que chocabas conmigo y se me aceleraba el corazón. Tú, que te ponías
de los nervios cada vez que intentaba dejar mi adicción a los chicles o cada
vez que intentaba aficionarme al café que me preparabas cada mañana mientras me
veías pasear por casa con tu camiseta más grande, mi pijama favorito. Tú, que
te desmoronabas cada vez que esta camiseta, que tanto odias, dejaba de oler a
mi perfume.
Nuestros corazones arderán por alguien más
pero ya no lo harán con tanta intensidad como lo hicieron por nosotros. No sé
si tú lo harás pero yo me he propuesto proteger mi corazón antes que mi cuerpo
porque no soportaría el vacío existencial que dejaste al irte y que solo he
podido llenar con versos de Neruda y letras de Benedetti.
Soy una cobarde por escribir estas letras y
por no decírtelas, pero te quise como la más valiente del mundo.
Ni París es tan bonita ni Roma está tan rota
como lo imaginas.


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