jueves, 4 de junio de 2015

Líneas discontinuas



Me perdí. Sí, tuve que perderme para encontrarme. Para saber quién soy, o más bien, quién no soy.
Pasé horas intentando convencerme de que era una persona que jamás seré. Intentando acostumbrarme a una música que no me gustaba, un estilo de ropa que me incomodaba y me calcé otros zapatos para sentirme integrada en alguna parte.
Tal vez entre copa y copa descubrí que no me gustaba lo que estaba haciendo, el juego al que había empezado a jugar meses atrás. Tal vez fue un golpe que me hizo abrir los ojos que tenía entelados por la ilusión del momento. La que no pensé al empezar esta historia fue que jamás podría sentirme comprendida siendo algo que no era. Quizás sí lo pensé pero no quería creerlo.
Entonces le conocí, no sé todavía el porque pero se enamoró del desastre, del caos de mi mente y de los enredos de mi pelo. Pero yo no podía enamorarme, era de piedra, sin sentimientos, sin remordimientos. Pero él no ceso en sus incansables intentos para demostrarme que yo podía llegar a pensar en un infinito si le daba paso a mi vida.
Al poco tiempo dejé de aparentar ser una persona inexistente, de ser la sombra de lo que había rogado parecer. Para darle pie a lo que fue el amor más fugaz e intenso que nadie vivirá alguna vez.
Dejé que el corazón bombeara sin controlar el ritmo, que las mariposas volarán por mi estómago y que mis orejas enrojecieran sin venir a cuento. Oculté su mayor secreto, su magia. Me quedé para mí sus abrazos curativos y sus sonrisas contagiosas. 
Aprendí a coger trenes de última hora y a dar mucho más de lo que esperaba recibir. Aprendí que no le gustaba que escondiera mis uñas tras un pinta uñas, mi cara tras el maquillaje o mis sentimientos tras una sonrisa cordial. 
Nos desprendimos juntos de los miedos que hoy quieren comerse mi cabeza, de los complejos que nos mostraba el espejo, de la vergüenza que nos corroe al ir por la calle, de los días grises pintando arcoíris en la ventana de la habitación.
Supimos valorar lo que teníamos antes de perderlo, pero aún así fuimos tan torpes que lo acabamos perdiendo.
Al final, solo éramos dos desconocidos con miles de historias en común, capaces de salvarle la vida al otro pero sin valor para mirarse si quiera a los ojos.
Fue gracias a él que descubrí lo que me gusta el primer café de las mañanas, lo bien que me sienta poner música y bailar al compás del ritmo, lo que disfruto en las últimas filas de un teatro desconocido. Lo que me gusta abandonar todos los problemas durante unos segundos y reír como si no hubiera mañana. 
Así que puedo decir que gracias a él me descubrí, aunque cada paso que le veía dar en dirección a la salida me partía el corazón en un pedazo más, puedo decir que ha sido lo mejor que me ha podido pasar.

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