La lengua
que hablamos todos, la lengua universal, es el silencio. Esa armonía que no se
rompe. Ese sabor a despertar cada mañana. Ese café del almuerzo de cada día, en
el que constantemente miras en el interior para intentar desencriptar un
mensaje oculto, aunque sabes que no lo vas a descubrir porque no lo hay, es
inexistente, producto de la imaginación matutina distorsionada por la falta de
sueño. Ese irse a dormir cada noche, tumbarte en la cama y observar cada día el
mismo rinconcito de pared, aunque ya sepas todas las imperfecciones y fallos
que tiene esperando que el sueño te coja por sorpresa en un intento
desenfrenado por mantenerte en pie a pesar de saber que ese momento va a llegar
y la paz en ti será absoluta. El silencio en realidad son las palabras nunca
pronunciadas o que no quieren serlo, es ese reflexionar sobre las mismas
palabras dichas al azar, la mayoría de veces, que se internan en ti y no te
dejan vivir. El silencio es aquella armonía que no se rompe, pero que alguien
la destroza usando su voz, ese timbre característico que odias en momentos como
en el que la concordia creada se desvanece.

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